Fue lo primero que dijo Daniel al despertar pasada la 1 de la tarde. Debía dar clases en la noche y entre piqueos, rock, y recuerdos alegres, tenía la cabeza debajo de la cama.
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Levántate
y brilla, como las luciérnagas: solo alumbran cuando vuelan… - se dijo.
Recordó los tiempos en que se hacía ánimo para levantarse y, ahora, a su
edad, tiene que darse ánimos para conciliar el sueño antes de las doce. Las
amanecidas trabajando en su estudio, editando videos, escribiendo, planeando
cosas y clases, lo había llevado a un
estado de ansiedad, que incluso lo condujeron al borde de una subida de azúcar,
producto de las tensiones. Dolencia que casi lo mata a raíz de su separación con
su exesposa, pero que con meditación, una terapia gestals y los consejos de
muchos amigos, había terminado por dominar casi por completo.
Cuando llegó a la universidad, sintió el aroma de Marita. “Qué raro: pensé
que eran las flores del velorio, pero acaso ¿ella andaba en mi auto ahora…?”
Miró por sus cuatro lados al descender en la cochera de la universidad.
“No, no está”. Sacó su maletín, y se fue a la oficina de coordinación
académica, para recoger su acta de notas.
-
“Qué
dolor de cabeza”, atinó a decir en lugar de saludar. Una forma clara de decir: “no
me hablen”.
Mientras Daniel se concentraba en cómo plantear su clase de otro modo. Algo
interesante, retos quizás, vio a Lizet saliendo de la oficina de Bienestar
social. Tenía la cara demacrada y sin brillo. Fue su alumna el ciclo pasado, y
lo único que ella atinó a hacer, fue a abrazarse, y decirle: “Casi le fallo,
profe”.
Daniel vio el virus que la inundaba los pasillos de recepción de la
facultad. El aliento de Lizeth le resultaba aterrador: mescla de dentífrico y
flores húmedas, como del velorio de la noche anterior.
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“Me quise suicidar”… -Dijo ella.
-
¿Por
qué no lo hiciste de verdad?- Respondió Daniel frío y tajante
La madre de Lizeth que estaba unos pasos atrás, se sorprendió por la dura
respuesta de Daniel, pero se quedó callada. Le estaba hablando un catedrático universitario,
y por lo visto, sabe lo que dice. Al menos, era más fuerte que el padre de
Lizeth, que lo único que hizo fue reprocharle por lo idiota de su actitud y
amenazarla diciéndole: “… No cuentes para nada conmigo. Ya eres mayor de edad y
puede hacer lo que quieras”.
-
Por
eso, profe… Casi le fallo.
Daniel recordó sus clases y de las recomendaciones que daba a sus alumnos.
Cada palabra provenía de lo que ellos mismos le contaban. Novios que se van,
novios que regresan. Novias que quieren estar y otras que no se van. Un
complejo laberinto de relaciones inconclusas y nada sólidas. Una fuerte
liberación de la libido juvenil y las ganas de crecer. La necesidad de buscar
pareja y no tener si quieran donde vivir. Matrimonios que terminaban viviendo
en la azotea de la casa de alguno de los padres, en un cuarto prefabricado sin
probar si pasa la lluvia; o, en el mejor de los casos, buscando visa para irse
a otro lugar. Una necesidad de hacer todo de una vez, como si la vida se fuera
a terminar mañana.
-
¿Qué
vas a hacer ahora?
Lizeth le contó toda su historia, casi una novela mexicana: él la invitaba,
la llevaba a muchos lugares, le compraba cosas, la quería a ver a diario. La
vestía y hasta le regaló un celular caro. Al final, la embarazó. Él no quería,
así que le dijo para vivir juntos, pero que no debían tener hijos. Ella aceptó
el aborto y se fue a vivir con él.
Terminaron viviendo en la casa de sus padres de él, en un complejo
habitacional.
-
El
camión de transportes que manejaba, era alquilado. La casa también. No tenía
ahorros. Todo era una farsa. – hablaba descontrolada.
Que él la dejaba en casa, y seguía saliendo. Que estaba viajando en
provincia, hasta que una amiga la llamó. “Jonathan está en la disco, bruta”.
Ella salió de casa al promediar la media noche. Lo vio: en plena fiesta,
bailando como loco.
-
Perreo,
profe, perreo…
La decepción puede ser muy dolorosa, pensó Daniel en voz alta; pero es
mejor que vivir una mentira. Ambas van a lo mismo, y no es bueno morirse de a
poquitos. Cada quien atina a aferrarse a lo que tiene a la mano; y no a lo que
necesita.
-
Yo me
aferré a un sueño estúpido… Y a un estúpido también.
Por qué le echas la culpa a él si fue tuya. Todos vemos lo que queremos
ver. Eso es el principio de nuestros errores. Pero tampoco es verte tal como
eres. Pero aún, cuando no has tomado control de absolutamente nada: te vas a
ver fea, feísima.
-
Entonces,
profe…
No es momento de hablar, porque bajo
“anestesia”, nada vas a comprender.
Intenta ver las cosas cómo son ahora. Reconoce que es algo que nunca quisiste
sentir. Aférrate a ello: llora, grita, insúltate… pero:
-
No te
tires por la ventana, ¿de acuerdo?
Cuando te quedes dormida de tanto llorar; despertarás llorando aún más. Eso
es bueno, muy bueno. Luego, ponte en el lugar de tu mamá y mírate.
-
Debo
estar horrible…
Ese es el primer paso: estás horrible, fea… Ponte todo lo fea que quieras.
Pero, en un momento, trata de mírate dentro de 10 años… Mírate graduada:
trabajando en una gran empresa o teniendo tu propio negocio. Decidiendo a dónde
irás a pasar las vacaciones, qué carro te comprarás a fin de año, que tu hijo
te pida algo y saques de tu cartera algo que no tienes ahora y que ese día
tendrás. Amanecer en los brazos de alguien que valga la pena, que te respete y
no sea como el “camionero ese”. Una vez que tengas esa visión, ya no te verás
fea: irás hacia esa mujer, y a vestirte con esa nueva mujer.
-
Profe,
estoy llorando… Eso nos dijo en clase y recién lo puedo entender.
Nunca será por lo que veas ahora, sino por pienses que debes ser. Cuando sabes
a dónde vas, visualiza tu llegada. No pienses en cómo. El cómo pudre, te llena
de miedos. Te da evidencia que no puedes hacer, que no lo lograrás. Óbvialo:
Elimina tu vista, guíate por visión. Sobre todo, hay quienes dirán que eres una
tonta, que no cambiarás. Sacaran cosas de tu pasado para hacerte desistir. Los
que tiene vocación de “cuco” te dirán:
«No es para ti, no puedes, es imposible, ¿quién te crees?» Recuerda que nadie
es dueño de uno y menos de su propia voluntad, que es igual a tener valentía de
asumir los errores y el coraje de cambiar las propias circunstancias.
-
Gracias
profesor - se adelantó la madre de Lizeth.
Su alumna tenía la mirada perdida… Todo desaparecía: el profesor, la madre,
la facultad, los alumnos, la gente que circundaba. Lizeth experimentaba algo que Daniel sabía
muy bien: «Cuando hay esperanza en el
futuro, crea poder en tu presente.»
Daniel necesitaba creer en sus propias palabras. Nuevamente se vio cara a
cara consigo mismo, al entrar a la oficina y verse en las lunas polarizadas de
la puerta principal. «Si hay fe en el futuro hay Poder en el presente». Daniel
sabía que esas palabras eran poderosas; pero el problema de Daniel, es que a
sus 50 años, creía en pocas cosas en realidad. El problema de Daniel era otro: él cultivó su espíritu, pero no su mente; no le gustaban las cosas, por eso no adquirió nada. «Cada día traería su propio afán», se decía, porque de esa manera había conseguido todo, pero no era dueño de nada salvo de su propia vida. Hizo todo lo contrario a un hombre común: se hizo débil para hacerse fuerte. Pero en realidad, estaba solo. Él solo se sostenía de sus propias palabras, y eso es lo que mejor hacía, así que a eso se había avocado con todas las fuerzas que le quedaba aún. Decidido a cambiar la vida de otros a fuerza de palabras, «porque al decirlas, las crees y si las crees, las puedes crear», pensaba.
-
Tengo
hambre. Mejor me voy a almorzar –se dijo Daniel, como hablando con alguien al
costado de él.
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